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Edad Media y Renacimiento

Escuela de palilleras

La entrada de encajes flamencos que se produce desde finales del siglo XIV se evidencia en los inventarios realizados con motivo de visitas pastorales, en las que se cita la presencia de "encages de Flandes" en los ajuares ornamentales sagrados.

Existen referencias a piezas de encaje variado, en uso y tamaño, en inventarios y otros documentos de los siglos XV y XVI.

Antonio López Ferreiro, historiador y canónigo de la catedral de Santiago, da a conocer lo extendida que está esta artesanía en nuestras tierras cuando dice que en el siglo XV " ...Otra industria importante era la de los lienzos, pues llegaron a tejerse algunos muy buenos, como se aprecia por los que llevaban los nombres de Padrón, Coruña, Allariz y Neda, de los lugares donde se fabricaban. También se trabajaban buenos encajes, especialmente en Corcubión, Bergantiños y Mugia..."

Se puede deducir que no había pazo o rico ajuar que no estuviese dotado de buenos paños ornamentados con encaje.

Hacia 1520 El conde Fernando de Andrade partió hacia Flandes, para participar en las guerras que en esa época ocupaban a Europa, con muchos nobles gallegos y un numeroso ejército de la comarca de Pontedeume (A Coruña), donde se encuentra el castillo de los Andrade.

A su vuelta, estos hombres no sólo vinieron con modelos, muestras y encajes, sino que también regresaron casados con mujeres que conocían la práctica de esta labor. De esta manera se introducen nuevos modelos y técnicas que se expandirán fácilmente por el litoral norte gallego.

También se sabe que en el primer cuarto de este siglo y desde la villa de Muros, como probablemente desde otros puertos, partían barcos que hacían largos viajes a Portugal, Andalucía, Francia, Flandes, Inglaterra, Italia.., todos ellos lugares de trabajo o recepción de encajes.

Mujeres palillando

Desde el siglo XV se había extendido el uso de encajes en vestimentas y ajuares, siendo en el XVI cuando la nobleza y clases más pudientes impusieron la moda de llevar encajes en las ropas, favoreciendo su definitivo desarrollo debido al aumento de la demanda. También las mujeres de la nobleza rural y de la burguesía tomaron como entretenimiento la elaboración de finos encajes.

Durante este siglo se suceden pragmáticas que intentan contener el imparable gusto por el lujo, llegando incluso Felipe II a prohibir el uso del encaje. Estas ordenes reales no parece que fueran muy acatadas ya que en el siglo XVII, y esta vez Felipe III, vuelve a prohibir su utilización, pero no por ello dejaron de utilizarse en puños, cuellos, velos, pañuelos, ajuares sagrados y domésticos. Sin embargo, hacia 1690 se detecta en España una importante disminución en la producción, debido sobre todo a la entrada de encajes extranjeros, franceses en su mayor parte.


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